[Review] Isla de Perros – La fábula posmoderna



OMR Madrid - 23/04/2018 18:13 h

Isla de Perros (Isle of Dogs犬ヶ島 Inugashima) es el noveno largometraje del cineasta de culto estadounidense Wes Anderson. Tras un interludio de cuatro años desde el estreno de su anterior película en las salas de cine, Isla de Perros se mostró por primera vez en el 68º Festival Internacional de Berlín, en Febrero de este año, y su distribución mundial se efectuó el 13 de Abril. Ha supuesto un éxito reconocible en taquilla y ha recibido críticas mayoritariamente positivas de la prensa especializada, aunque no sin haberse visto salpicada por ciertas controversias. Es fácilmente reconocible y fuertemente llamativa por su diestro empleo de la técnica de animación por stop-motion.

Género: Fantasía, Thriller | Dirección: Wes Anderson | Guion: Wes Anderson, Roman Coppola

Sinopsis: En la ciudad de Megasaki, de un Japón inexistente, la dinastía Kobayashi, cabeza del gobierno local, lleva diez siglos enemistada con el ser más improbable: los perros. Tras la aparición de una desconcertante epidemia de gripe perruna, la Fiebre del Hocico, el alcalde Kobayashi ve su oportunidad para deshacerse de su odiado animal. Mediante un dudoso proceso burocrático aprueba una orden para exiliar todo perro de Megasaki al vertedero municipal, la Isla de Basura, bajo la excusa de velar por la salud pública. Tras ejecutarse el mandato, su pupilo Atari se escapa a la isla con objeto de recuperar a su perro guardaespadas. Cinco machos alfa de la comunidad de canes del vertedero deciden ayudar al chico a alcanzar su fin; mientras que en la ciudad un grupo estudiantil se afana en destapar la corrupción del gobierno de Kobayashi, que oculta una cura contra la epidemia.

Una frase que se oye mucho sobre Wes Anderson (Houston, 1969) es que se trata de un cineasta que destapa y proyecta su mundo interior, su propio mundo, en el celuloide (ahora formato digital) para mostrárselo al exterior. Indudablemente, este hombre no es el típico director al que favorece la actual industria hollywoodiense: algo que uno termina de comprender cuando se visiona y digiere su filmografía. Si bien sus películas son generalmente accesibles para el gran público, son suficientemente peculiares como para reconocer su sutil discordancia con la común corriente de cine estadounidense que acapara las salas en España -a pesar de la asimilación a Europa del director-.

Considerado un cineasta de culto, posmoderno, icono de lo hipster y hasta -erróneamente- asociado con el cine indie, Anderson produce unas películas francamente inusuales, siempre siguiendo su ya inconfundible estilo visual y caracterizador. Si lo que de verdad hace es, como insisten las voces del sector, volcar su mundo propio en la pantalla para que el público lo disfrute, por lo que se ha podido observar podría asegurarse que Anderson es una persona exótica, hasta cierto punto inocente, de gustos simples y honestos, pero con una gran componente de meticulosidad y amplitud de miras. Sus logros anteriores denotan una inefable debilidad por el humor blando, absurdo y referencial, a veces seco, que inexplicablemente subraya unos trabajos muy cuidados y con cierto aire de esperanza atemporal.

Isla de Perros no es una excepción en su carrera, pues su especie de cocktail de peculiaridades está más que presente en el film. Incluso se podría afirmar que lo magnifica en varios aspectos. La alta plasticidad y la liberación de las restricciones de la realidad que permite la animación stop-motion resulta idónea para la capacidad proyectora de Anderson. El resultado es una obra que, rebosante de las características del autor, remite a tiempos pasados y temas arquetípicos bajo un punto de vista fabuloso, desconcertante e intencionadamente exagerado. No obstante, resulta muy familiar a la vista y consigue la conexión con el espectador de principio a fin sin apenas dificultad. Anderson mete al público dentro de su mundo esta vez, y no al revés.

La película es, ante todo, una clásica historia de fantasía distópica. El tema es sencillo por lo arquetípico: como reacción a las malas artes del gobierno totalitario, un personaje se rebela individualmente desobedeciendo órdenes, lo que actúa como catalizador para la concepción de un movimiento revolucionario activo. Isla de Perros, sobre esta base fundamental, construye el argumento, que recuerda más a una aventura de estilo road trip, con los canes y el muchacho. La imagen final se consigue envolviendo ambos planos narrativos con una capa fina de intriga obscura y otra de ingenuidad, probablemente pensando en los niños pequeños que vayan a ver la película esperando un producto destinado a ellos.

Sin dejar lugar a malinterpretaciones, el fondo de Isla de Perros es poco disfrutable para niños pequeños, pese a que por encima lo parezca por sus similitudes formales con la fábula clásica. Aun así, existe un conjunto de detalles destinado a ellos -la simplicidad argumental, los pequeños chistes blandos o la hilaridad visual– que, por muy loable que sea la intención de su presencia, hace que el film de la sensación de haberse lavado o coartado y que podría haber ofrecido más. Es un defecto pequeño pese a todo, y conviene recordar que nada es perfecto en su totalidad.

Obviando ese detalle, es muy curioso ver cómo Isla de Perros revisiona las fórmulas que componen su base. El road trip ya es un género muy socorrido y querido en la modernidad fílmica; y pese a lo infantil de su interpretación en esta película -por lo absurda, fabulosa y sencilla- el estilo de Anderson la llena de encanto. Los protagonistas perrunos son los samurai de la historia, aventureros y líderes sin temor -no en vano se llaman Chief, Boss, Rex, Duke y King-. Se comen la pantalla al encarnar personalidades grises, cínicas, flemáticas y teatrales -totalmente icónicas de la modernidad– y su conjunción con la típica imaginería tierna del niño con su perro y el clásico viaje heroico -incluyendo la consulta al oráculo entre otros episodios- forma un contraste muy digno de verse.

El viaje de Atari y sus cinco compañeros por el vertedero, reminiscente del cine del Oeste y de samurai clásico, está completamente envuelto en la intriga mencionada. Pese a los ocasionales brotes de humor seco y la ternura de la amistad entre niño y perro, la atmósfera que lo rodea es gris e incierta, estéril y sintética como el erial de basura que es la localización. Solamente en el último tercio del film Anderson se permite recordar la inspiración de Isla de Perros y finaliza con los lugares comunes de la fábula clásica, interpretados al estilo de una película de acción/aventuras hollywoodiense arquetípica.

Aunque, sin lugar a dudas, donde Anderson ha estado especialmente lúcido e inspirado ha sido en la construcción de la distopía. Aquí brilla el confeso gusto por los “buenos viejos tiempos” del cineasta que ya demostrara en Gran Hotel Budapest. La ficticia Megasaki responde a una estética de los años 50 y 60 -aunque supuestamente se ubique en el futuro-, y en consecuencia revela claras reminiscencias visuales de la URSS y también de China, solo que maquillándolas a la japonesa con detalles artísticos concretos. Por ejemplo, introduciendo la imaginería de la yakuza, la asepsia espacial o la alta tecnologización, bajo una soberbia cromatografía roja. Muy probablemente en la inspiración socialista haya influido el uso de la animación stop-motion, puesto que fue bastante popular en los países de detrás del Telón de Acero a mediados del siglo pasado. Siguiendo con los movimientos de izquierdas, el grupo estudiantil revolucionario contrario al exilio de los perros conjuga a la perfección la imagen de los activistas juveniles actuales con la del Mayo del 68.

En su sentido más básico, la fábula que es Isla de Perros parodia y satiriza las historias de distopía y los regímenes totalitarios. Como se puede reconocer, la concepción y los motivos del gobierno de Kobayashi -alrededor de eliminar a los perros porque prefiere los gatos a éstos- son suficientemente absurdos como para ridiculizarlo políticamente. Sin embargo, las acciones y reacciones al respecto que muestra el film son totalmente realistas -siempre siguiendo lo ridículo de su origen-, y reflejan casos reales vistos en los regímenes del siglo pasado. El poder de la imagen, la propaganda, sembrar el miedo, señalar un enemigo común, la paranoia colectiva y la clandestinidad de los movimientos antisistema son muy cercanos a las ideas auténticas. Así mismo, también parodia otros eventos similares como el surgimiento del VIH o la carrera espacial de la Guerra Fría, y sus teorías conspiranoicas científicas asociadas.

Las ideas que Isla de Perros pretende que aprenda el espectador quedan inevitablemente grabadas en la cabeza al sonido de un ominoso compás. Recordando la inspiración japonesa de la película, y a la vez elaborando la atmósfera opresiva y desconcertante que reina en ella, el público queda fascinado por los golpes de tambores taiko y claves que ininterrumpidamente suenan durante todo el metraje. Su sonido monótono, básico y a la vez muy atrayente -que hace maravillas como ambientación dramática– se alterna con algún tema más apropiado para el viaje aventurero de los perros y Atari, como un arreglo de la Troika del Teniente Kije de Sergey Prokofiev. Este último aporta connotaciones más alegres y positivas, en contraste con la grave musicalidad ajaponesada.

El sonido de los taiko arranca además con la procesión de imágenes japonesas que toma cuerpo en la película. Anderson aporvecha su parodia de los regímenes totalitarios para introducir y absurdizar los tópicos de la cultura japonesa actual. Además de las mencionadas alusiones a la yakuza y a la tecnologización de la sociedad, Isla de Perros muestra en tono entre risible, seco y sereno alusiones a los suicidios, el wasabi, el zen, el sumo, las leyendas de samurai, los haiku, el Monte Fuji, los santuarios, el sushi, la cultura tradicionalista o hasta los uniformes de marinero seifuku. Pese a que se trata de un componente más de la parodia global de la fábula y un medio reconocible de expresar la japonesidad de la película, no todo el mundo ha resultado contento con la intención del director.

Sin embargo, Anderson también usa la situación para llevarse la imagen a su propio mundo y dar rienda suelta a su estilo personal. Los famosos encuadres en perspectiva y las placenteras simetrías y ordenaciones espaciales de la cámara del director tejano aparecen en legión en Isla de Perros, puesto que la animación permite muchas más filigranas visuales aquí de las que aparecen en el resto de su filmografía. Prácticamente cada toma del metraje es una excelente y precisa labor llena de armonía, muy agradable de observar. El gusto del cineasta por estos recursos visuales se corresponde perfectamente con la cámara amiga del equilibrio del cine oriental contemporáneo y la asepsia de las arquitecturas japonesas.

Así mismo, se pretende que en esta película los conceptos de cine japonés y cine occidental se fundan hasta resultar en una amalgama homogénea. Las acotaciones, anotaciones y créditos que aparecen en pantalla están escritas en kanji y kana japoneses principalmente, con una pequeña traducción debajo. Además, casi todos los personajes humanos se expresan en japonés sin traducir ni subtitular, mientras que los perros “hablan” en español (o inglés) y poseen un carácter más occidental, lo que funciona como medio que separa ambas especies y como recurso posmoderno para el fundido de ambos conceptos.

En conclusión, Wes Anderson abraza la corriente posmoderna del cine político con su último largometraje, Isla de Perros, aunque llevándosela a su mundo. La vertiente didáctica, denunciante y moral de este tipo de cine se conjuga con la concepción de la fábula clásica, cuyas características formales están bien presentes en el film. Así mismo, el exotismo, el humor seco y la nostalgia de Anderson producen el aspecto de parodia de distopía oriental retro de la película; y su buen jucio de esteta genera un plano visual impecable juntando su propio estilo con ecos e influencias del cine japonés y la libertad creativa de la animación. Si bien es lamentablemente más débil en el plano narrativo, el director ha elaborado junto a su habitual equipo de confianza y actores consagrados una película paradigmática de la posmodernidad. O, más bien, de la posmodernidad única del mundo de Wes Anderson.

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